“…vayan a Galilea…allí me verán. ” (Mt 28,10)

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Pensar o recordar mi encuentro significativo con las Hijas del Oratorio, es volver al corazón, …justamente retroceder casi 50 años en mi vida de seguimiento a Jesús. Si bien yo nací en Mendoza-Argentina, por circunstancias de la vida, crecí en Ciudadela, periferia de Buenos Aires. Las Hijas del Oratorio estaban residiendo allí, en la Parroquia San Antonio de Padua, donde los Frailes Menores Franciscanos, italianos, hacia un buen tiempo campeaban en esa barriada. Yo vivía a 2 cuadras de la Parroquia y era  muy fácil integrarme a las actividades.

Mi encuentro con el Señor se fue dando de diferentes maneras. Mi Primera Comunión y Confirmación fue marcada por una paciente y tierna catequista que se llamaba Gladys y por nuestro Párroco, el Padre Tarcisio Brozzetti, que inspiraba mucha confianza y nos atendía con ternura y paciencia. A El fue, a quien  primero, le manifesté mis deseos de entregarme a Jesús y El me decía que se sentía como Abraham, feliz, porque Dios le dio un hijo…en este caso, una hija…

Jesús me precedía siempre…, y allí estaba yo, en la Iglesia, rezando y meditando…, gozando del silencio y de la música que sonaba el Padre Ángel y así, en ese encuentro intimo, de corazón a corazón, surgió un día la respuesta: «Quiero entregarte mi vida  Jesús» pero… ¿Cómo? ¿Dónde ? ¿Para qué?

Una tarde descubrí, desde la Iglesia, una puertita que me llevó a la casa de las Hermanas. Allí me encontré con: Suor María Storari, Suor Virginia Carafoli, Suor Giuseppina Gnocchi, Lina Spaltro, (religiosa en ese tiempo).

Vivian humildemente en los ambientes de la Parroquia. Descubrí a 4 mujeres contentas, maternas, sencillas, agradables, que en su mejor castellano me decían sus nombres… Volví varias veces y en esos encuentros nos fuimos conociendo. Yo sentía que era una necesidad estar allí y me sentía muy feliz…, compartía la oración, me quedaba a la Sta Misa, me contaron qué hacían, a qué se dedicaban, que eran misioneras y habían dejado su Patria, Italia, para ayudar a los niños argentinos y a sus familias, a amar a Jesús y a ser mejores.

Creo que allí me cayó la ficha. Yo, que alimentaba mi deseo de ser misionera en África, me di cuenta que podía serlo también en mi Patria. Mi vocación iba tomando forma. Finalmente después de muchas vicisitudes, les dije: «¿Còmo se hace para entrar a la Congregación?»

Los requisitos no eran fáciles. Las dificultades fueron muchas, desde convencer a mis padres para que me autoricen, hasta ir a un país desconocido sin saber el idioma, porque la casa de formación estaba en Italia…pero a los 19 años de edad, cuando el fuego del ideal te consume…, todo es posible.

Y así fue…un 18 de abril de 1971, viajé con la Madre General (Suor Ines Bergonzini), su Vicaria (Suor Bianca Fantini), que solo interactuábamos con sonrisas, y con Suor Alfa Boschetti, (Reportera), que solo decía: «Mangia…mangia».

Sin pensar demasiado, dormí  todo el viaje y cuando recuperé la conciencia, me encontré en un Pulmino con un montón de monjitas alegres y dicharacheras a mi alrededor. Con ellas llegamos a Lodi, donde me esperaban mis compañeras de noviciado y mi maestra (Suor Anna Di Virgilio). Allí comencé mi camino, mejor dicho, lo continuaba, porque Jesús allí me estaba esperando.

Siento tener una memoria agradecida: primero a Dios,  que siempre me vislumbró el camino y me hizo salir fortalecida de las pruebas. A mamá María que siempre inspirò mi oración para cada momento y necesidad. A mi querida familia, que sin entender los proyectos de Dios sobre mí, fueron generosos en ofrendarme al Señor y en acompañarme siempre en mi camino. A la Comunidad de San Antonio de Padua, que puso los ojos en mi: Confió y rezó…A mis superiores de ese entonces que no dudaron, apostaron y me formaron para ser una Hija del Oratorio , hija de San Vicente Grossi. A todas las comunidades por donde pasé, viví y me enraicé, que me enseñaron tanto  y me dieron verdadero cariño y amistad.

También tengo unas profundas raíces, que no me permiten olvidar de donde el Señor me sacó. Eso me ayuda a acercarme a todos sin distinción, sin miedos ni prejuicios, sabiendo que en cada persona y lugar, Jesús ya hizo su Santuario, El llegó primero… “me  primerió”…como lo hizo en mi vida….

A ti que lees este testimonio,..da gracias y alaba a Dios por tu vida y por la mía…

                                                                                                                               Hna Stella Maris

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